INSTRUCCIONES PARA CONSTRUIR ESTE TEXTO:
Cada uno lee y sigue escribiendo la historia.
Luisa, que así se llama nuestra protagonista, miraba el horizonte desde la terraza del hotel Bahía. Había llegado precipitadamente a Benalmádena, procedente de Madrid, aquella misma tarde. Miraba fijamente un barco que se iba alejando en dirección al Estrecho, mientras jugueteaba con sus dedos en su larga melena morena. (A.R.Lao)
Estaba algo cansada y hacía una calor pegajosa.Decidió darse una buena ducha.
Ese día un camión había destrozado una tubería, así que adiós ducha .(M.J.Mingorance)
Luisa decidió salir de la habitación del hotel para ir a pescar. Cuando llegó al mar, se montó en un pequeño barco y se alejó unos metros de la playa. Lanzó la red al agua y al sacarla vio que un pez muy grande se había quedado atrapado en ella. (A.S. García)
Cierto es que Luisa no era una chica normal: un poeta, quizá también un enamorado, no dudaría en señalar que su pelo era una seda negra tan cautivadora como la propia red que manejaba, que en su piel de marfil se confudían las perlas de su sudor con los cristales que las olas le iban regalando y que sus ojos de esmeralda miraban a la inmensidad del mar con la tranquilidad de dos seres extraños pero iguales que se reconocen; pero no es menos cierto que el pez tampoco era un pez normal: sus ojos eran zafiros, sus escamas plata y la línea que cruzaba horizontalmente su cuerpo, oro. El problema es que esta última descripción no la hace un poeta ni un enamorado, sino la narradora perfectamente objetiva que firma estas líneas. ¿Qué sería entonces aquel pez? ¿Qué secretos velarían esos dos zafiros a las esmeraldas que los escrutaban en ese momento? (Isabel Manzano Lardón)
Mientras Luisa divagaba el pez hizo lo que haría cualquier animal en su situación, aprovechar la distracción de la joven y volver de un coletazo al lugar al que pertenecía. Desde la orilla alquien agitaba los brazos queriendo llamar su atención, gritaba su nombre y le pedía que regresara. Con tranquilidad, como siempre lo hacía todo, Luisa se alisó el vestido y se ajustó el pañuelo al cuello, la brisa marina no le sentaba demasiado bien. (Cova)
Se acercó a aquel hombre. -¿Quién es usted? Preguntó Luisa. -Soy el recepcionista del hotel, le llaman por teléfono, dicen que es urgente. Luisa cogió el teléfono y contestó. Su cara cambió de color, sus pupilas se dilataron, su respiración se entrecortó y su corazón se aceleró. (Raquel E. Ortiz Núñez)